Promesas, promesas, promesas…


¿Ha estado siguiendo la campaña presidencial? Me refiero a la campaña presidencial de Chile para aquellos de ustedes que creen que la vida política sólo existe en los Estados Unidos de América. Bueno, nosotros también tenemos que tomar una decisión el 13 de diciembre.

¿Qué está en juego? El FUTURO: nada más ni nada menos. Pero esta vez tenemos cuatro candidatos y los más sorprendente de todo es que nadie puede predecir aún el resultado con algún grado de convicción.

Hace unos meses había un escenario sencillo: más de lo mismo con el ex presidente Eduardo Frei representando al status quo o Sebastian Piñera, un rico empresario representando al cambio. Y posteriormente apareció Marco Enríquez-Ominami, un joven y carismático productor de cine convertido en diputado socialista, quien en ese entonces era totalmente subestimado como candidato presidencial. El cuarto candidato es Jorge Arrate, quien fuera ministro de Gobierno y quien representa a una coalición de partidos de izquierda más pequeños que no tienen posibilidad de ganar… pero que pueden influir en los resultados.

Esta definitivamente no es una elección común y corriente en donde la centro izquierda se enfrenta contra la centro derecha. Esta elección se ha vuelto realmente interesante: hay (¡finalmente!) una tercera opción y es una opción seria. Inicialmente “MEO” (como se conoce a Enríquez-Ominami) fue dado por perdido como alguien que hablaba muy bien, pero sin contenido, y la retórica por sí sola nunca podría ser recompensada con votos. Bueno, la voz encontró el contenido y el contenido, las alas y ¡la bestia está volando!

Lo que también ha hecho esto es estropearlo todo para la política partidista al tiempo que los votantes tratan de decidir donde yacen sus lealtades, dado que la elección no se puede ganar en la primera vuelta. En Chile, un candidato necesita el 50% más un voto para ganar directamente la elección en primera vuelta, de lo contrario se realiza una segunda vuelta entre los dos candidatos que hayan obtenido la mayor cantidad de votos.

Entonces, pasamos a la segunda vuelta, que -me han dicho- se realizará el 17 de enero; una fecha verdaderamente inconveniente cuando uno pretende estar de vacaciones y muy lejos de la caseta de votación que le han designado; un verdadero dilema.

Un gran beneficio de una elección con tres candidatos fuertes que harán (casi) cualquier cosa por ganar, es que ellos (todos hombres esta vez, lamentablemente) están preparados para prometer todo lo que sus votantes puedan imaginarse con el fin de ganar MI voto. Reformas laborales, extensión del permiso postnatal para los hombres (¡y para las mujeres por supuesto!), más impuestos, menos impuestos, el fin de la delincuencia, legalización del aborto, no más drogas, más policías, aumento del gasto social, más hospitales, mejores hospitales, más doctores, mejores doctores, más colegios, mejores colegios, mejores profesores, un presupuesto equilibrado, un bono de US$ 80 para todos quienes se encuentren bajo la línea de la pobreza (un tema debatible en cierta forma en tiempos de crisis económica), aumento de la inversión extranjera (depende de ellos, ¡no de nosotros!), una mayor regionalización, paz y armonía con nuestros vecinos (algo extremadamente importante, pero que no han logrado los 10 gobiernos anteriores…), paz y armonía con –y pleno empleo para– nuestros pueblos indígenas (que actualmente están aterrorizando a zonas del sur) y -finalmente y quizás lo que resulta más extraordinario- todo esto se conseguirá en los cuatro años en que yo dirigiré al país. Esa es la parte que me gusta. Es casi inmaculada, es un milagro. Vote por mi y TODO esto se logrará en mi mandato.

Bueno, si recuerdo correctamente el Congreso se demoró cerca de ocho años o más (Sí, ¡tenemos un Congreso con poder legislativo!) en aprobar una ley que permita el divorcio civil y entonces cómo, en el nombre del Congreso, puede un presidente o presidenta cumplir probablemente su vasto paquete de promesas en sólo cuatro años. Bueno, ¡no se puede hacer! Y los candidatos saben esto. Y nosotros los votantes también lo sabemos. Pero aún nos encanta el hecho de que hagan promesas y mientras más nos prometan, mejor; nos encantarán aún más por ello y votaremos por ellos en concordancia y, si mi candidato gana, estaré esperando milagros aun cuando sé que sus sueños nunca se convertirán en mi realidad.

Lo divertido es que en realidad no importa, porque tan pronto como uno de estos candidatos se convierta en Presidente nos pondremos a pronosticar quien debería sucederlo en la Presidencia del Poder de las Promesas. Sigan soñando, sigan soñando: las promesas son hechas para romperse.

Sigo políticamente activo y abierto a todo tipo de ofertas por mi voto,

Santiago Eneldo
(Persuasiones y compensaciones monetarias a santiagoeneldo@yahoo.com )

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