Protestas Sociales en la Era de Facebook

Los habitantes de Plaza Italia, el tradicional lugar de encuentro en Santiago para todo desde celebraciones de fútbol y elecciones hasta marchas de protesta, lo están pasando mal. La frecuencia de las protestas -algunas pequeñas, otras masivas- han aumentado de manera pronunciada este año y, según los corredores de propiedades, los arriendos han caído en un 15 por ciento o más.

Sin embargo, si se dejan a un lado las interrupciones a su vida diaria, los residentes de Plaza Italia se encuentran en una posición privilegiada. Tienen una visión panorámica de lo que algunos dirían es un cambio en la forma en que el poder se distribuye no sólo en Chile, sino que también en el mundo.

A primera vista, no hay mucho en común entre lo que está sucediendo en Plaza Italia y la primavera árabe o el movimiento de los indignados en España. Los manifestantes chilenos no están luchando por la democracia o quejándose sobre el desempleo.

Pero hay un nexo común: la tecnología en forma de redes sociales tales como Facebook, Twitter y YouTube.

La tecnología de las comunicaciones como un catalizador del cambio político ha sido una constante a través de la historia, destaca Fernando García, cientista político de la Universidad Diego Portales. “Cada vez que ha habido un cambio en los dispositivos que usamos para relacionarnos con los otros (…) el sistema político también ha cambiado”.

El nacimiento de las repúblicas de América Latina a comienzos del siglo XIX, por ejemplo, estuvo acompañado por la llegada de los primeros diarios como la Aurora de Chile. “Lo que hicieron los diarios fue conectar a personas que no estaban físicamente en el mismo lugar, lo que les permitió crear un mundo compartido”, afirma García.

Para pertenecer a ese mundo, tenían -por supuesto- que ser capaces de leer. Pero, después, con la radio y la televisión, eso también cambió.

Y, ahora, con las redes sociales, está cambiando de nuevo y más rápidamente que antes. Hace apenas cinco años, cuando los estudiantes secundarios sorprendieron a Chile con la llamada Revolución de los Pingüinos, las manifestaciones en demanda de una mejor educación estatal, estaban dando a los teléfonos móviles un nuevo uso.

Pero los teléfonos móviles en ese entonces eran comunicaciones uno a uno y hoy en día los manifestantes se relacionan entre ellos como una red, enfatiza García. “Eso no tiene precedentes en la historia y, si nos relacionamos de manera diferente, entonces también nos imaginamos el mundo y el poder de manera distinta”.

El Coro, Un Paso Adelante

Las redes sociales -parte ininterrumpida de las vidas de los jóvenes de una manera en que es difícil de apreciar para sus mayores- claramente tienen un efecto práctico en facilitar la organización de manifestaciones. Sólo unos pocos clics ahora bastan, mientras que antes tenían que imprimirse y distribuirse volantes o panfletos, y con ellos se alcanza un público mucho más amplio de manera instantánea.

Sin embargo, donde las opiniones difieren es en si son solamente una herramienta útil o mucho más que eso. Según Luis Mariano Rendón, uno de los líderes de las recientes protestas en contra del proyecto hidroeléctrico HidroAysén, su importancia no debería sobreestimarse. “Había muchas protestas antes de que existieran [las redes sociales]”, destaca.

Pero García no concuerda. “El apoyo -en este caso, la red- condiciona el mensaje”, afirma.

Los signos de la importancia de las redes sociales están en todas partes, incluso en los medios de comunicación tradicionales. En su boletín noticioso de la hora de almuerzo, CNN Chile ahora tiene una sección sobre lo que está pasando en las redes sociales, algunas veces son hechos triviales -como videos de lindos gatitos subidos por sus dueños a YouTube- pero otras veces reflejan cómo los hechos “reales” se reflejan en estas redes.

Ya no son sólo los periodistas profesionales quienes informan sobre el quehacer de las empresas y los políticos. Hoy en día, cualquiera -los denominados reporteros ciudadanos– puede hacerlo a través de posteos en un blog, Facebook o en una serie de otros lugares.

El resultado es que las empresas o los políticos que hagan cosas reprochables o simplemente tontas ya no pueden contar con los acuerdos tácitos que a veces existen con los medios de comunicación tradicionales. Incluso las personas comunes que se comportan mal -como el chileno cuya pataleta con un empleado de LAN Airlines fue popular por poco tiempo en YouTube – se arriesgan a la exposición pública.

Lo que ha ocurrido ya había sido previsto en la década de los 80 por José Nun, cientista político argentino, en un artículo titulado “La Rebelión del Coro”. Usando la analogía de las tragedias griegas, predijo que el coro daría un paso al frente hacia el centro del escenario -el espacio antes reservado para los héroes, con su supuestamente divina fuente de conocimiento- o, en términos de hoy en día, los representantes elegidos en cuya sabiduría el coro delega sus decisiones.

Si bien algunos países, como Egipto en enero, han bloqueado Internet, esta es una medida desesperada que atrae incluso más atención internacional. Y, aún de cara a la más dura de las represiones, usualmente siempre hay formas de hacer que la información salga del país.

Por supuesto, los políticos han tratado de usar las redes sociales a su favor. Algunos, como el presidente Barack Obama en su campaña electoral, han tenido mucho éxito, pero -en general- las han encontrado complicadas. Los usuarios de las redes sociales son muy sensibles a cualquier cosa que parezca interferencia como quedó de manifiesto recientemente en Chile cuando el plan del Gobierno para hacer un monitoreo de las redes sociales fue interpretado como espionaje aun cuando la información ya era pública, por definición.

¿Qué Hay en un Proyecto Hidroeléctrico?

De todos modos, muchas personas se sorprendieron este año cuando el proyecto HidroAysén en la Patagonia chilena “se volvió viral” o, en otras palabras, se volvió un tema álgido en las redes sociales. ¿Por qué, se preguntaban, había tanta gente preocupada por un proyecto en una zona remota del país donde nunca habían estado y donde quizás nunca estarían?

Y ¿por qué marchaban por ella en Santiago? ¿Por qué no, digamos, sobre la contaminación del aire en la ciudad u otros temas más cercanos a casa?

El hecho de que HidroAysén se convirtiera en una “causa” se debe en parte a una efectiva campaña por parte de sus opositores, señala Francisco Javier Díaz, abogado y cientista político que fue asesor de la ex presidenta chilena, Michelle Bachelet. Con los años, con un marketing astuto y bien financiado, la campaña gradualmente conformó una base de opinión en contra del proyecto.

Y, según Rendón, si no fuera HidroAysén, habría sido otra cosa. “La gente no está marchando sólo contra HidroAysén, está marchando por un Chile mejor, diferente”, afirma.

Podría haber sido la propuesta central eléctrica a carbón Barrancones, en el norte de Chile, sugiere. Dos marchas en contra del proyecto, próximo a un área marina protegida, se habían llevado a cabo, destaca Rendón, antes de ser cortado de raíz por el presidente Sebastián Piñera y su controversial decisión -que indirectamente podría haber ayudado a impulsar las protestas en contra de HidroAysén- de solicitar a sus desarrolladores, GDF Suez, que no persistieran con el proyecto aun cuando este había recibido la aprobación ambiental del Gobierno.

Las protestas en contra de proyectos energéticos, en todo caso, no son nada nuevo. En la década de los 90, también hubo manifestaciones en Santiago en contra de la construcción de la central hidroeléctrica Ralco en la Región del Bío Bío, en el sur de Chile, destacó Ena von Baer en una entrevista concedida cuando aún era la vocera de Gobierno. “Las organizaciones en contra de HidroAysén son básicamente las mismas que las que estaban en contra de Ralco, con la diferencia que han aprendido mucho desde entonces”, sostuvo.

Tampoco son nada nuevo las recientes protestas de los estudiantes universitarios y secundarios. Ellas tienen su raíz en las amplias diferencias que, pese a algunas recientes mejoras, existen en los logros de los alumnos de colegios estatales y privados, que las familias más adineradas del país prefieren.

Y, si bien este año han sido más grandes que lo usual -de hecho, una marcha realizada en Santiago el 30 de junio habría sido la más grande desde el regreso de la democracia en 1990- se han convertido en un evento regular en los últimos años. De hecho, tienen un claro patrón estacional, destaca Díaz, tendiendo a comenzar en mayo o junio, después del comienzo del año escolar y universitario en marzo, y extendiéndose hasta agosto o septiembre cuando los exámenes de fin de año comienzan a asomarse.

Pero ha habido un cambio, admite von Baer. “La gente hoy en día claramente está más dispuesta a marchar y creo que continuarán habiendo manifestaciones todo el tiempo, al menos por un tiempo, y tendremos que acostumbrarnos a eso”.

Las protestas tienden a venir en ciclos internacionales, destaca, como también ocurrió, por ejemplo, en la década de los 60. No obstante, también hay factores internos detrás del actual brote en Chile.

En contraste con el movimiento de los indignados en España, estas incluyen el sólido crecimiento económico. Los manifestantes adultos -a diferencia de los estudiantes- tienden a ser de una clase media que, con sus necesidades económicas básicas resueltas, están volcando cada vez más su atención hacia temas cualitativos como el medio ambiente o -el motivo de otra reciente manifestación- los derechos de los homosexuales.

Y, como en las manifestaciones de los pingüinos en el 2006, los altos precios del cobre, la principal exportación de Chile, también son un factor, al impulsar la presión por un mayor gasto público en educación. “Los precios del cobre por el cielo, la educación por el suelo”, se leía en una pancarta fuera de una reciente toma escolar en Santiago.

“Lo que estamos viendo es un país en la adolescencia”, dijo von Baer. “Chile aún tiene sólo un ingreso medio, pero tiene las aspiraciones de un país desarrollado, muy parecido a los quinceañeros que sueñan con ser algo que aún no son”.

¿Dónde Chile?

Según Rendón, otro factor clave en la reciente ola de manifestaciones es el cambio de Gobierno que se llevó a cabo en marzo del año pasado cando el presidente Sebastián Piñera, el candidato de la coalición de centro derecha Alianza por Chile, asumió el mando de la nación. Durante los 20 años previos, cuatro gobiernos sucesivos de la coalición de centro izquierda Concertación habían “anestesiado” a la sociedad civil en Chile, afirma.

Las protestas de la década de los 80 que culminaron con la salida del poder el General Augusto Pinochet en un plebiscito celebrado en 1988 pronto desaparecieron con el restablecimiento de la democracia. Eso se debió en parte a que muchos de sus líderes asumieron cargos de Gobierno y, en cualquier caso, la gente estaba cansada, pero también había un pacto tácito de creciente prosperidad a cambio de tranquilidad social, afirma Francisco Javier Díaz.

“Ahora, con la Concertación en la oposición, el anestesista está en huelga y algunos de sus políticos están alentando de manera activa las protestas”, sostiene Rendón. Aunque, añade, no son necesariamente bienvenidos.

La elección de Piñera, ex empresario, también aumentó la percepción de que el poder -las empresas, los medios de comunicación tradicionales y, ahora, el Gobierno- está concentrado en las manos de un grupo relativamente pequeño. O, como dice un estudiante universitario: “Chile es una mafia controlada por un puñado de familias”.

Ese no es un comentario justo, contravino von Baer. “El poder en Chile está cada vez menos concentrado”.

En la década de los 60, dos de cada diez alumnos que salían del colegio iban a la universidad, hoy son cinco de cada diez, destacó. “Ese es un tremendo cambio en una generación y la creciente competencia hará más difícil alcanzar una posición de poder”.

Pero la gente claramente está ansiosa por una mayor voz en las decisiones que afectan sus vidas. Michelle Bachelet abordó ese tema durante su campaña electoral en el 2005 al prometer un estilo más participativo de Gobierno, una promesa que, sin embargo, pronto fue abandonada luego que los escolares, cobrándole su palabra, montaran las protestas de los pingüinos.

No obstante, ayudado por las redes sociales, el coro griego desde entonces se ha vuelto más vociferante. Y, si se dejan a un lado los ciclos de protestas, parece probable que siga así en el futuro cercano.

Después de todo, está conformado de manera predominante por gente joven. A menudo, acusados de apatía política y, de hecho, mayoritariamente sin estar registrados para votar, de todos modos exigen expresar su opinión, si bien no de la forma en que los adultos habrían anticipado.

Tienen poca fe en los canales tradicionales de expresión y, en particular, en los partidos políticos, a los que les tienen poca estima. Pero el desafío que imponen, después de todo, para los partidos políticos -los elementos fundamentales de la democracia representativa como la conocemos hoy- y su capacidad para canalizar la a menudo caótica energía del coro y coreógrafiarlo de manera constructiva.

Ruth Bradley se desempeña como periodista freelance en Santiago y es ex editora de bUSiness CHILE.

Comentarios