Convirtiendo la Ciencia en Negocios

En el Parque Tecnológico Zañartu en un área residencial cerca del Estadio Nacional de Santiago, hombres y mujeres jóvenes con batas de laboratorio y mascarillas se encorvan sobre tubos de ensayo y cápsulas de petri, trabajando en nuevos tratamientos para problemas de salud como el cáncer y la diabetes.

Cerca de 200 investigadores y estudiantes de postdoctorado de Chile y Estados Unidos trabajan en Zañartu, el que es administrado por Fundación Ciencia para la Vida de Chile, que nutre a prometedoras empresas emergentes de biotecnología.

La fundación -creada hace 15 años por el bioquímico chileno de renombre mundial, Pablo Valenzuela, junto a sus colegas Bernardita Méndez y Mario Rosemblatt- se financia principalmente a través de subvenciones públicas, pero también realiza investigación a nombre de universidades locales y empresas estadounidenses. 

La mayor parte de la investigación se concentra en dar respaldo a las industrias de exportación tales como la acuicultura, la minería, la agricultura y el sector forestal. Sin embargo, la idea es que algunas de las empresas emergentes respaldas por la fundación hagan descubrimientos que les permitan ingresar a mercados internacionales.

Pero eso, por ahora, sigue siendo un sueño. La fundación ha dado pie a unas pocas empresas como Andes Biotechnology, que ha logrado avances en el tratamiento del cáncer, pero ninguna ha logrado saltar al lucrativo mercado estadounidense.

Valenzuela es ex académico de la Universidad de California, San Francisco y cofundó la firma Chiron, ahora parte de Novartis, que desarrolló una vacuna para la Hepatitis B. Valenzuela sabe lo que se requiere para tener éxito en la industria, pero ahora tiene que replicar ese éxito en Chile.

“Chile sigue siendo un actor pequeño e irrelevante en biotecnología”, afirma.

Pese a la calidad de la investigación de la fundación de Valenzuela y otros centros de investigación a lo largo del país, pocas firmas chilenas han apalancado los descubrimientos para convertirlos en exportaciones tecnológicas. Una excepción es Crystal Lagoons, que exporta una tecnología que mantiene grandes lagunas limpias, pero este es un caso aislado.

A nivel global, la industria biotecnológica ha repuntado desde la crisis financiera de 2008. Empresas en Canadá, Europa y Estados Unidos recaudaron US$25.000 millones en el 2010, lo que equivale al promedio de los cuatro años anteriores a la crisis, según el informe global de biotecnología para 2011 de Ernst & Young.

Cerca del 81% es este monto se recaudó en Estados Unidos, gran parte de lo cual se concentra en los estados de California y Massachusetts, donde –no por coincidencia- se encuentran muchas de las principales universidades del mundo.

“La biotecnología necesita los nuevos descubrimientos que provienen de las grandes universidades”, dice Valenzuela. “Tenemos muy poco de esto en Chile”.

Otro problema es el tamaño de su mercado. A diferencia de Brasil, líder de la región en materia de biotecnología, Chile no tiene un gran mercado para que las empresas vendan nuevos productos.

Luego está el tema del dinero. Muchos programas de investigación usualmente quiebran antes de que un descubrimiento permita que una empresa alcance el punto de equilibrio. Como resultado, la inversión promedio en una empresa de biotecnología a nivel global es de cerca de US$200 millones. Pero alcanzar esta cantidad es difícil en Chile.

Ventajas Comparativas

Pese a sus desventajas, nadie niega el potencial biotecnológico de Chile. El informe sobre la industria para 2011 de la compañía estadounidense de inversión en ciencias biológicas Burrill & Company prevé que Chile está posicionado para convertirse en un “trampolín para empresas de biotecnología” que quieran invertir en América Latina y en el mundo.

Dada su temporada de cultivo inversa a Norteamérica y su variada geografía, Chile cuenta con todos los ingredientes para convertirse en un centro biotecnológico. Esto también ayuda a explicar por qué multinacionales como Pfizer, BASF, Bayer y Roche tienen presencia en el país.

La extensa costa de Chile y su clima soleado ofrecen las condiciones ideales para el cultivo de algas destinadas a la producción de biocombustibles, lo que podría reducir la dependencia de hidrocarburos importados que tiene el país.

En esta área se han logrado ciertos avances. En marzo, la aerolínea nacional LAN operó el primer vuelo en América Latina -de Santiago a Concepción- impulsado con biocombustibles de segunda generación producido en alianza con el distribuidor local de combustibles Copec.

Pero quizás la mayor ventaja de Chile es su capital humano. Sus científicos son reconocidos a nivel mundial por su mérito y, a diferencia de otras economías emergentes, no sufre de un problema de fuga de talentos: los chilenos que estudian en el extranjero usualmente regresan a la nación.

“Una nueva generación de científicos ha regresado a Chile, trayendo consigo un nuevo enfoque y una nueva forma de hacer las cosas”, sostiene Felipe Camposano, presidente de la Asociación Chilena de Empresas de Biotecnología (ASEMBIO) y socio general del fondo de capital de riesgo Austral Capital. 

Algunos de ellos ahora encabezan centros de investigación como la Fundación Ciencia para la Vida. No obstante, encontrar personas capacitadas es solo parte de la ecuación. Para que Chile crezca en biotecnología, en especial en las prometedoras áreas de bio-renovables y salud, necesita invertir en investigación.

Falta de Inversión en Investigación y Desarrollo

La inversión de Chile en investigación y desarrollo -el pilar fundamental de la industria de la biotecnología– es vergonzosamente baja para un país que apunta a convertirse en una nación desarrollada en esta década.

Con apenas un 0,4% del PIB en el 2010, o cerca de US$900 millones, está muy por debajo del promedio del 2,3% invertido por los países de la OCDE, según cifras del Ministerio de Economía. Per cápita, Estados Unidos invierte 20 veces más que Chile en investigación y desarrollo.

“Chile tiene menos investigadores que Seattle”, se lamenta Valenzuela.

El Gobierno lanzó el año pasado incentivos tributarios diseñados para duplicar la inversión en investigación y desarrollo hacia el 2014, pero el gasto del sector privado aún corresponde a menos de la mitad de la inversión total.

Esto se debe en parte a la economía basada en los recursos naturales del país. Las empresas forestales, mineras y agrícolas tienen pocos incentivos para invertir en innovación, en especial cuando los precios de los bienes básicos están altos, destaca Camposano de ASEMBIO.

La mayor parte del gasto en investigación y desarrollo en Estados Unidos proviene de unas pocas compañías tecnológicas, como Google, que tienen sede en Silicon Valley. “Necesitamos una o dos empresas que hagan esto en Chile”, afirma Camposano.

Sin embargo, es un callejón sin salida dado que crear una multinacional biotecnológica, como Bayer en California, requiere una enorme inversión en investigación y, a menudo, una dosis de buena suerte. Ahí es donde el respaldo público es crucial.

Inversión en Ciencia

En la última década, el Gobierno de Chile, en conjunto con las universidades locales, ha hecho un esfuerzo por apoyar la investigación mediante el mayor financiamiento para la Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica (CONICYT) y la Corporación de Fomento de la Producción (CORFO).

“Estamos comenzando a ver buenos resultados a partir de la inversión pública en biotecnología en los últimos siete años”, señala Camposano.

El Fondo de Fomento al Desarrollo Científico y Tecnológico (FONDEF) de CONICYT, avaluado en cerca de US$30 millones en el 2012, busca fortalecer los lazos entre las universidades y las empresas al tiempo que promueve proyectos que tengan aplicaciones prácticas fuera del laboratorio.

Sus fondos concursables sólo pueden financiar hasta un 70% del costo total de un proyecto, mientras que la universidad o instituto de investigación debe colocar al menos un 15% además de conseguir un mínimo de un 15% de una empresa u otras entidades asociadas.

Casi la mitad de los 54 proyectos aprobados por FONDEF en el 2011 tenían algún componente biotecnológico y la mayor parte de estos estaban en el sector de recursos naturales, indica el director ejecutivo de FONDEF, Gonzalo Herrera.

El financiamiento también está disponible a través del Programa de Financiamiento Basal para Centros Científicos y Tecnológicos de Excelencia, que fue creado en el 2006 por el Consejo Nacional de Innovación para la Competitividad (CNIC). Hasta la fecha, 13 centros se han beneficiado, incluida la Fundación Ciencias para la Vida.

Pero el financiamiento disponible de fuentes públicas aún es insuficiente, sostiene Herrera, quien destaca que con más recursos FONDEF podría financiar un tercio de los proyectos que postulan, en comparación con el 20% actual.

Aún así, este no es el principal cuello de botella de la industria, sugiere. Muchos proyectos que reciben subvenciones conciben buenas ideas, pero la mayoría languidece por años o -como en el caso de las vacunas para los salmones- se venden a firmas extranjeras en una etapa inicial sólo para Chile las vuelva a comprar más tarde.

La razón es que las universidades chilenas no entienden cómo comercializar sus descubrimientos a nivel internacional, sostiene Herrera.

“Tenemos buena investigación en Chile, pero hay algunos eslabones débiles en la cadena en términos de desarrollo de negocios y financiamiento”, dice.

Chile Biotech

La industria del capital de riesgo de Chile ha despegado en los últimos años. Hoy en día, una serie de fondos locales -incluidos Aurus Bios, Copec-UC y Austral Capital- invierten de manera conjunta cerca de US$20 millones al año. Si se excluye a Brasil, es la mayor cantidad en América Latina, pero sigue siendo una fracción de la inversión estadounidense.

Pongamos las cosas en perspectiva, el capital de riesgo sólo en el norte de California está avaluado en US$1.800 millones al año, seguido por Massachusetts con US$1.400 millones. No obstante, en parte gracias a los estrechos lazos comerciales de Chile con Estados Unidos, más inversionistas estadounidenses de capital de riesgo se están dando cuenta del potencial en biotecnología de Chile.

En diciembre pasado, Chile suscribió un acuerdo con Massachusetts que incluye el intercambio de capital humano y conocimiento técnico en el área de biotecnología. A través de este convenio, Chile ha sido invitado a participar en la mayor feria mundial de biotecnología, la BIO International Convention, que se celebrará en junio en Boston.

ASEMBIO, en alianza con la agencia gubernamental de promoción de las exportaciones ProChile, participará en la feria en el marco de un proyecto lanzado el año pasado para promover la marca Chile Biotech en Estados Unidos. AmCham también encabezará una misión comercial a Boston, la que incluye a empresas miembro de la Cámara.

“Tenemos suficientes casos en Chile para mostrar que estamos haciendo biotecnología interesante, tenemos buen capital humano e investigación, pero esto es desconocido en Estados Unidos”, señala Camposano de ASEMBIO.

La idea es que la exposición en el mercado estadounidense atraiga capital de riesgo y empresas interesadas en hacer investigación en Chile, al tiempo que permite a las firmas chilenas aprender sobre su competencia.

“La biotecnología tiene que ser internacional desde el mismísimo comienzo”, asevera Camposano. “Es clave para Chile participar en el escenario global”.

Atajo vía California

Pablo Valenzuela concuerda en que Estados Unidos es clave para el desarrollo de largo plazo de la biotecnología en Chile.

“Cuando se está en la situación de Chile, se tiene que hacer algo creativo”, sostiene.

La solución, sugiere, es crear un “atajo” catalizando relaciones productivas entre los investigadores chilenos y las compañías estadounidenses para facilitar el intercambio de personas, ideas y posibilidades de inversión.

El programa Science and Friendship, creado por la fundación de Valenzuela hace una década, forma parte de esta estrategia. Hasta ahora, el programa ha traído a Chile a más de 170 estudiantes de doctorado de Estados Unidos, en parte tentándolos con los atractivos naturales del país.

“No tenemos premios Nobel para atraer científicos, pero tenemos belleza natural”, afirma Valenzuela.

Cuando los estudiantes regresan hacen buenos comentarios, lo que ha llevado a profesores, inversionistas de capital de riesgo y ahora empresas estadounidenses a seguir sus pasos, señala Valenzuela.

La firma biomédica estadounidense Medivation, por ejemplo, opera un laboratorio en la fundación y Bio Architecture Lab (BAL) de California está haciendo investigación de vanguardia sobre biocombustibles en Chile.

“Esto muestra que tenemos buena investigación acá, pero la idea es comenzar nuestras propias compañías”, asevera Valenzuela. “Para transformar la ciencia en algo que tenga un mayor impacto en la economía, necesitamos emprendimiento”.

Apetito por la Innovación

Parte de la solución es vincular a centros de investigación, emprendedores e instituciones de gobierno, que es donde el instituto sin fines de lucro de transferencia tecnológica Fundación Chile apunta a hacer una diferencia.

Aumentar la competitividad y productividad del sector de agro-alimentos es importante dada la creciente población global y las recientes alzas en los precios de los alimentos, indica Andrés Barros, gerente de productos alimenticios y biotecnología de Fundación Chile.

“Chile tiene la ventaja de contar con grandes áreas de terreno en el norte y altos niveles de radiación solar, lo que crea condiciones óptimas para cultivar microalgas con interesantes propiedades nutricionales”, señala Barros.

En general, sin embargo, es un desafío hacer que las empresas de la industria alimenticia de Chile inviertan en innovación. Algunas, como Nestlé, han creado programas de investigación, pero es un problema hacer que las firmas se involucren en el proceso de investigación y desarrollo, afirma Barros.

“El desafío real es hacer que los desarrollos en la biotecnología alimentaria sean sustentables en términos económicos”, afirma.

Luego están los obstáculos regulatorios. Una prohibición para la comercialización de cultivos genéticamente modificados -en la actualidad las semillas se pueden producir en Chile sólo para exportación– es un obstáculo para los emprendedores, dice Miguel Sánchez, director de la asociación industrial ChileBio, la que representa a compañías estadounidenses como Dow AgroSciences, Monsanto, Pioneer y Syngenta. 

Aún si se modificara la ley, lo que podría demorar años, el costo de obtener aprobación para nuevos productos alimenticios en los mercados de exportación es un impedimento para la innovación, según Sánchez.

“Necesitamos regulaciones que faciliten este proceso”, dice.

Otro desafío para las compañías es el manejo de la propiedad intelectual una vez que han hecho un descubrimiento. En este sentido, las firmas chilenas necesitan aprovechar mejor el Tratado de Cooperación en materia de Patentes, al que Chile se unió en el 2009, para obtener patentes en mercados de exportación y beneficiarse del otorgamiento de licencias de sus descubrimientos, señala Herrera de FONDEF.

En términos realistas, las esperanzas de Chile de convertirse en una plataforma de biotecnología para la región pueden ser optimistas dado su actual nivel de inversión. Chile no puede darse el lujo de gastar miles de millones de dólares en ciencia dadas sus prioridades más apremiantes -salud y educación, por nombrar dos- pero el dinero no lo es todo, como destaca Valenzuela.

Capitalizar las ventajas de Chile -incluidos su capital humano, red de tratados de libre comercio y la relación con Estados Unidos- requiere voluntad política y cooperación entre universidades, compañías y agencias de gobierno.

Por supuesto, el hallazgo afortunado desempeña un importante rol en la ciencia –nunca se sabe de dónde podría salir la próxima solución para los desafíos globales como cuidado de la salud, energía, escasez de agua y seguridad de alimentos– pero Chile puede crear las condiciones para incrementar las posibilidades de que ocurra acá.

“Un montón de condiciones se crean teniendo la voluntad y los recursos”, asevera Felipe Camposano. “Nunca se sabe de dónde saldrá la próxima solución”.

Julian Dowling es editor de bUSiness CHILE

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