Adultos mayores: La fuerza laboral del futuro

En Chile, 85% de los adultos mayores es autovalente, pero sólo un tercio de ellos mantiene un trabajo remunerado. Una situación que, sumada a la decreciente tasa de natalidad nacional, en el largo plazo podría afectar la cobertura de todas las plazas laborales necesarias para el desarrollo del país, y que plantea el reto, tanto a los generadores de las políticas públicas como a la sociedad en su conjunto, de definir nuevas y mejores formas de inclusión de este segmento en el mercado laboral.

Por Claudia Marín

Los 60 años marcan en Chile una línea definitiva: comienza la tercera edad. A las seis décadas de vida, las mujeres ya pueden jubilar y los hombres, que deben esperar a los 65 años, se aprontan a hacerlo también. Sin embargo, las bajas pensiones y el alto costo de vida que enfrentan los adultos mayores están llevando a cada vez más personas a permanecer en el mercado laboral, generando a su vez una serie de desafíos para lograr su inclusión.

Pero no sólo eso. La necesidad del país, en el mediano plazo, debería llevar a estimular a un número creciente de adultos mayores a postergar su retiro o a seguir trabajando luego de él: los cálculos indican que en 2050 un cuarto de los habitantes será adulto mayor, proyección que abre las puertas a una realidad desconocida para Chile, que hasta hace poco gozaba de una población creciente y principalmente joven. En 1960, una mujer tenía en promedio poco más de cinco hijos y ahora, en cambio, nacen menos niños y la vida se extiende por más años.

Durante 2014 se contabilizaron casi 251 mil nacimientos y la tasa de fecundidad llegó a 1,85, mientras que la esperanza de vida en el país, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), se elevó a 80,5 años, encabezando la longevidad en la región y ubicándose por sobre la media del mundo, que alcanza los 71,4 años.

Es más, según la directora del área incidencia de Fundación Oportunidad Mayor, Consuelo Moreno, hacia 2025 en Chile habrá un millón más de jubilados que en la actualidad, puntualizando que, si se toma la tasa de ocupación promedio a 2014, “podríamos inferir que en los próximos diez años se abrirán 680 mil nuevos puestos de trabajo que el mercado deberá ser capaz de cubrir. Pero si consideramos las tasas de creación de empleo actuales y los bajos índices de natalidad, lo más probable es que se alcance a llenar sólo un tercio de las vacantes que dejarán las personas que se jubilen en esta década”.

Por eso, la integración de la tercera edad es clave. Actualmente, de los poco más de tres millones de adultos mayores que tiene Chile, según la Encuesta Casen 2015, casi un tercio se encuentra ocupado. De acuerdo a datos del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) para el trimestre móvil mayo-julio de este año, en el rango etario que va entre los 60 y 64 años, donde casi 62% de ellos trabaja (cifra que se incrementó 10% en un año). Luego, este número llega a 42% en los individuos de entre 65 y 70 años, con un incremento de casi 8% en el último año, y a 16,4% entre los mayores de 70, grupo que mostró un crecimiento de poco más de 3%. Y si se observa que, a nivel general, la tasa de participación subió sólo de 58,3% a 59,5%, se constata que este es uno de los segmentos poblacionales que más está elevando su presencia en el mercado laboral.

El director del Servicio Nacional del Adulto Mayor (Senama), Rubén Valenzuela, explica que esta situación responde, por una parte, a las bajas pensiones que alcanzarían a menos de 40% del sueldo que las personas tenían antes de jubilar, y que configuran la necesidad de complementar la jubilación con otros ingresos. Pero, además, delinea otra razón que va más allá de lo material: la necesidad de mantenerse activos, continuar siendo independientes y sostener sus redes de contactos.

“Está demostrado que mientras las personas mayores se mantienen en el mercado laboral, sus enfermedades físicas y mentales disminuyen por la capacidad que genera continuar en estos espacios y mantener los vínculos entre las personas”, señala Valenzuela.

Al respecto, son esclarecedores los datos que mostró la Encuesta Nacional de Calidad de Vida en la Vejez, realizada en 2016 por la Universidad Católica y la Caja Los Andes: 66% de los adultos mayores señaló trabajar por una necesidad económica, pero un alto porcentaje (69,2%) de quienes trabajan dijo que seguirían haciéndolo, incluso si no tuvieran la necesidad económica de hacerlo, y 79,4% afirmó que lo que hace en su trabajo actual le agrada mucho.

Sin embargo, el asociado de Ossandón Abogados y especialista en temas laborales, Jorge Alfaro, advierte que una persona que empieza a ser considerada de la tercera edad tiene la mayor barrera en su propia vejez, “ya que, de una forma u otra, existe una concepción que proviene incluso de lo institucional, y que considera a priori que una persona sobre los 60 años está en el ocaso de su vida productiva, lo que finalmente es una discriminación. Se ha aceptado que el sistema no está pensado para acceder al trabajo, sino que para jubilar. El adulto mayor parecería dejar de ser sujeto, sino que es, más bien, el objeto de la asistencia estatal”.

En ese sentido, es importante destacar la labor de Fundación Las Rosas, que recibe a los ancianos de los percentiles más pobres del país y que aborda su labor desde otra óptica. La entidad, que acoge a personas de la tercera edad con diversos problemas de salud y cuya gran mayoría (95% de 2.200 residentes) tiene algún grado de dependencia, ha encarado el trabajo siguiendo la visión de la OMS de “envejecimiento activo”: un proceso que busca optimizar las oportunidades de salud, participación y seguridad de una persona, con el fin de mejorar la forma en que envejece.

En esa línea, la directora de salud de Fundación Las Rosas, Claudia Ríos, explica que, atendiendo su realidad, buscan que sus residentes tengan una vejez con calidad. “Cada uno de los adultos mayores que vive en nuestros hogares tiene un programa de actividades, individual, que busca potenciar sus habilidades físicas e intelectuales y estimularlo a hacer cosas que llenen su espíritu, mejoren su autoestima y aumenten sus capacidades”, comenta.

Capacitación es clave

No obstante, el ingreso o mantención de los adultos mayores en el mercado laboral enfrenta varias complejidades. Por una parte, ellos están buscando jornadas más flexibles o más cortas. Y por otra, hay temas de educación y capacitación que los dejan en desventaja frente a los más jóvenes.

De acuerdo a las cifras del Ministerio del Trabajo, obtenidas sobre la base de la nueva encuesta nacional de empleo, la mayor parte de los trabajos de la tercera edad se realiza en el área de comercio, sector en el cual se desempeña 28% de las mujeres mayores de 60 años y 16,3% de los hombres de más de 65 años. En tanto, 18,5% de las mujeres trabaja en servicio doméstico en hogares privados y 21,2% de los hombres se desenvuelve en el rubro de la agricultura.

“La mayoría de los ancianos que trabajan, lo hace en el sector informal desempeñándose como trabajadores independientes o en puestos de trabajo de bajos salarios. Una situación que, por supuesto, no es exclusiva de Chile y que es la regla en la mayoría de los mercados emergentes, donde los jóvenes suelen ser mucho mejor educados que los mayores”, explica el presidente de la organización estadounidense Global Aging Institute, Richard Jackson. Detalla que mientras 84% de los chilenos de entre 20 y 39 años ha completado al menos los últimos años de la educación básica, sólo 44% de los mayores de 65 años lo ha hecho.

“En Brasil, las cifras comparables son 67% y 22%, mientras que en México, 71% y 16%. La buena noticia es que esta brecha de habilidades se irá cerrando gradualmente a medida que los segmentos más jóvenes y mejor educados de trabajadores suban la escala de edad. Mientras tanto, los gobiernos pueden ayudar financiando programas de capacitación laboral para trabajadores mayores”, agrega.

En el Senama complementan que hasta hace poco existían algunas barreras para la capacitación de la tercera edad, referidas a algunos requisitos adicionales que las instituciones pedían para que pudieran estudiar, como seguros que sólo entregaban cobertura hasta los 60 años y que eran indispensables para cualquier curso del Servicio Nacional de Capacitación y Empleo (Sence). Hoy, en cambio, las empresas aseguradoras cubren mucho más que los 60 años originales, explica Valenzuela.

“Para un curso Sence, una aseguradora ofrece alternativas para personas de hasta 70 años o 75 años, que era algo que encarecía anteriormente la capacidad de las personas de capacitarse”, especifica.

Sin embargo, en opinión de Consuelo Moreno de Fundación Oportunidad Mayor, el tema de la capacitación aún no está resuelto, ya que, a su juicio, existe una “grave discriminación” por edad en casi todos los programas de formación que ofrece el Sence, “pues tienen topes de edad que dejan fuera a las personas mayores de nuestro país”. Los programas Bono Trabajador Activo y de Certificación de Competencias Laborales, ejemplifica, benefician a mujeres hasta los 60 y a hombres hasta los 65 años; mientras que los programas Formación para el Trabajo y Transferencias al Sector Público favorecen a personas hasta los 65 años.

Temas pendientes

Este escenario evidencia que algunos de los desafíos por resolver son generar espacios laborales para las personas mayores, avanzar en romper la brecha digital y superar ciertas rigideces en el mercado laboral que impiden, por ejemplo, una mayor flexibilidad horaria.

“La falta de flexibilidad en el marco regulatorio laboral impide que se contrate por menos de 20 horas, cuando lo que el adulto mayor busca es contar –en la mayoría de las ocasiones– con un incremento de lo que percibe como pensión”, comenta Jorge Alfaro, de Ossandón Abogados. Además, señala, existen subsidios para la contratación de jóvenes, pero no para la de adultos mayores.

En ese sentido, según Consuelo Moreno, una de las grandes barreras que obstaculizan el ingreso de este grupo al trabajo es la posible pérdida de la Pensión Básica Solidaria. Si una persona con este beneficio cuenta con un empleo formal, se arriesga a perder el puntaje exigible para recibirlo, “desincentivando la búsqueda de trabajo y estimulando la realización de labores informales en condiciones muy precarias con bajos ingresos”, argumenta.

Además, el salario mínimo legalmente menor al del resto de los trabajadores requiere, a su juicio, modificar la Ley 20.935 para aumentar este ingreso y así equipararlo al de cualquier persona mayor de 18 años.

En cuanto a la legislación, el investigador senior del Centro Latinoamericano de Políticas Económicas y Sociales (Clapes UC), Juan Bravo, suma la arista de las nuevas tecnologías: “una ley de teletrabajo es un desafío clave que no ha sido abordado, no se ha priorizado crear un marco legal que genere certidumbre en el caso de los formatos de trabajo remoto. Hay una serie de aspectos que deben ser regulados para evitar vacíos legales que inhiban estos tipos de contratación”.

A nivel internacional, Estados Unidos ha dado muestras de avances en este sentido. Para Richard Jackson del Global Aging Institute, hay dos acontecimientos que han impulsado el aumento constante de la participación de la población activa de ese país en los últimos dos decenios: la aplicación de una sólida legislación contra la discriminación por edad y la adopción, por parte de los empleadores, de normas de trabajo más flexibles adaptadas a las necesidades de los trabajadores de más edad.

“También ha ayudado, por supuesto, que la generación de trabajadores que ahora alcanzan la vejez es la más educada en la historia de Estados Unidos. La brecha de habilidades que complica el contratar a los empleados de más edad en Chile y otros mercados emergentes no es un obstáculo tan grande en Estados Unidos y otros países desarrollados”, aclara Jackson.

En Chile, en tanto, según el abogado Jorge Alfaro, un programa de integración adecuada debe incluir el incentivo al empleador y al trabajador, quien también podría ser un emprendedor, de manera que pueda mantener su actividad más allá de los 60 años. También debería considerar la flexibilidad de jornada y de forma de pago de las remuneraciones, así como la creación de programas de capacitación y potenciación de sus habilidades laborales y tecnológicas.

Asimismo, hay que mejorar el acceso al mercado financiero para darles la posibilidad de independizarse desarrollando negocios propios.

Cambio de mirada

Lo cierto es que la incorporación de la tercera edad en el mercado laboral exige no sólo cambios legales, sino también culturales, puesto que “hay una especie de estigma instalado en nuestra sociedad, de asociar la vejez con aspectos negativos y que se traduce en los temas de la cotidianeidad, como el abandono, por ejemplo”, analiza el director del Senama. Añade que, en este sentido, se requiere que esta mirada de la vejez vaya cediendo paso a un envejecimiento activo en las comunidades donde se desenvuelven los adultos mayores, “con familias que los cuidan y con un Estado presente cuando se requiere, frente a personas que están abandonadas y más vulnerables que otras”.

En este punto, la directora del Programa Adulto Mayor de la Universidad Católica, Macarena Rojas, hace notar la importancia de comprender que como país “debemos avanzar en cambiar la mirada que tenemos sobre las personas mayores, quienes hoy cada vez están más presentes y empoderadas en muchos ámbitos, entre ellos, el laboral”. Precisa que la apertura de las posibilidades laborales de los mayores debe ser vista como una oportunidad de desarrollo, más que sólo como una solución económica. Por ello, llama a no dejar de lado los desafíos pendientes que como sociedad tenemos respecto al desarrollo de la seguridad social y “que nos permita jubilar con mayor tranquilidad económica”.

Como parte de este necesario cambio de perspectiva, un estudio desarrollado por la OTIC de la Cámara Nacional de Comercio junto con la Universidad de Santiago y el Sence, arrojó que 96% de las empresas de retail, servicios y turismo está dispuesto a contratar adultos mayores, destacando atributos como su compromiso, responsabilidad, orientación a la excelencia, puntualidad, bajo nivel de ausentismo y, sobre todo, su optimismo, entre los aspectos más valorados.

Y es que, poco a poco, la tercera edad va ganando espacios y derribando barreras, cimentando un camino que en pocas décadas los tendrá como protagonistas de un mercado laboral totalmente diferente, que tendrá que dar un giro a la inclusividad y renovarse ya no con los más jóvenes, sino con la experiencia de los mayores. Los desafíos para eso, sin embargo, tienen que resolverse hoy.

 

Bajos ingresos

El Senado chileno acaba de ratificar la Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores, documento que establece y resguarda los derechos de la tercera edad y que, de hecho, señala en su artículo 18 que “la persona mayor tiene derecho al trabajo digno y decente y a la igualdad de oportunidades y de trato respecto de los otros trabajadores, sea cual fuere su edad”, obligando a los Estados que lo suscriben a adoptar medidas para impedir la discriminación laboral de la persona mayor.

En esa línea, el acuerdo precisa que “el empleo o la ocupación debe contar con las mismas garantías, beneficios, derechos laborales y sindicales, y ser remunerado por el mismo salario aplicable a todos los trabajadores frente a iguales tareas y responsabilidades”.

Sin embargo, la realidad en el país es otra: la ley establece un sueldo mínimo para las personas mayores de 65 años de $ 192.230, es decir, 25% menos que el sueldo mínimo del resto de los trabajadores. Y, aunque en promedio los hombres mayores de 65 años ganan $ 510 mil al mes, lo cierto es que la mitad de ellos obtiene mensualmente menos de $ 256 mil. La situación de las mujeres es todavía más preocupante: mientras su sueldo promedio es de $ 263 mil, la mitad de ellas gana $ 160 mil o menos, una diferencia que hace patente la brecha salarial entre ambos géneros, la cual está presente en el mercado del trabajo chileno en general. La justificación para este nivel de sueldos radica en las necesidades especiales que los adultos mayores tienen respecto a su jornada laboral, en la que buscan mayor flexibilidad horaria, entre otros aspectos. Sin embargo, se contrapone con el alto costo de vida que afecta a este segmento de forma particular. Según el IPC de la tercera edad, que elabora el Centro Latinoamericano de Políticas Económicas y Sociales (Clapes UC), en julio de este año este indicador aumentó 2% anual, mientras que la inflación a nivel agregado fue de 1,7%, lo que significa que el aumento de precios ha sido ligeramente mayor para el grupo de 60 años o más.

“Uno de los elementos clave que distingue la canasta de los adultos mayores es que la ponderación del gasto que hacen en salud es alrededor del doble que el resto de la población. Y la inflación anual de la división salud en el último año fue 4%, superior al 1,7% promedio. Por lo tanto, esta alza de precios afecta en mayor medida a los adultos mayores”, acota el investigador senior de Clapes UC, Juan Bravo.

Tal situación es crucial en el empobrecimiento de los adultos mayores, quienes son jefes de un tercio de los hogares del país, cifra que ha aumentado en más de 10% desde 1990, según la encuesta Casen 2015. De ellos, casi 20% se encuentra en situación de pobreza multidimensional, es decir, que va más allá de la falta de ingresos, abarcando también carencias en educación, salud, trabajo, seguridad social, vivienda y en su nivel de vida en general.

Retail a la vanguardia

El sector comercio es uno de los que más ha avanzado en la incorporación de la tercera edad. Walmart Chile, por ejemplo, cree en la integración y en la diversidad, entendiéndolas como el valor de contar con colaboradores de distintos orígenes, culturas, perspectivas, ideas, naciones, grupos étnicos, generaciones, orientaciones sexuales “y todas las características que hacen a cada uno de nosotros ser único”. Por eso, dicen tener espacio y oportunidades para todos, valorando y aceptando las diferencias individuales independientes de las condiciones personales. Esto “permite otorgar a cada colaborador, la oportunidad de aprender, crecer y avanzar, contando con el mayor potencial de cada uno”.

La Política de Diversidad e Inclusión de Walmart Chile se ha visto reflejada en un caso particular: en el supermercado Líder de Príncipe de Gales, en la comuna de La Reina, José Sáez, de 92 años, trabaja en la sección frutas y verduras, siendo parte de la política de Diversidad Generacional de Walmart. “Con la ayuda de todos he salido adelante”, comenta Sáez con gratitud, ya que en su opinión el adulto mayor no es bien acogido en el ámbito laboral, porque “creen que no va a ser capaz de desarrollar el cargo que le van a dar”. El gerente de Ventas Príncipe de Gales, Francisco Eguiguren, en cambio, cree que la contribución del adulto mayor –que ve representado en José–, es que “ellos traen un aporte que muchas veces no hemos sido capaces de valorar y de integrar. José nos entrega conocimientos, sabiduría y experiencia. Nos da una visión de la vida de que no hay que tirarse al suelo y hay que reinventarse”.

En Cencosud, por otro lado, 20% de sus colaboradores tiene actualmente más de 50 años, 11% más de 55 años y 4%, más de 60 años, con la meta de tener 5% de personas mayores de 60 años a 2018. Una iniciativa que partió hace dos años y que contempla beneficios en salud y la disposición para que los mayores ocupen todo tipo de cargos.

“Contar con más de 3.700 trabajadores seniors o mayores de 50 años, no sólo enriquece los equipos de trabajo por la experiencia que aportan, sino que genera ambientes complementarios, colaborativos y con una fuerte conciencia social, ya que de la interacción entre las nuevas generaciones –los llamados millennials–, y nuestros trabajadores adultos mayores, se genera un puente que nos conecta con la realidad de una sociedad actual que trabaja junta por entregar igualdad de oportunidades, independiente de muchos factores, como puede ser la edad”, cuenta la subgerente de Cultura e Inclusión de Jumbo, María Paz Franzani.

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